Una hora sin vender nada
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Una hora sin vender nada

La dueña de la librería anunció que, durante una hora cada jueves, no se podría comprar nada. Los clientes podrían leer, conversar o simplemente quedarse sentados. Su socio creyó que era una estrategia publicitaria bastante arriesgada: ¿qué sentido tenía impedir las ventas? Al principio acudieron solo tres personas. Una buscaba silencio; otra, compañía. La tercera confesó que nunca había entrado porque temía sentirse obligada a comprar. Con el tiempo, aquella hora se convirtió en la más concurrida de la semana. Las ventas no aumentaron de inmediato, aunque sí lo hicieron las conversaciones. Cuando su socio le pidió que evaluara el resultado, ella señaló una silla vacía. —Antes era un mueble. Ahora alguien la echa de menos cuando no puede venir.
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